Bolivia, ante una nueva transición política

Cuando Benjamín Constant estableció la significativa distinción entre la libertad de los antiguos con la de los modernos, definió a la libertad del individuo de nuestros tiempos como “el derecho de no ser sometido sino a las leyes, de no poder ser detenido ni condenado a muerte, ni maltratado de ningún modo, por efecto de la voluntad arbitraria de uno o varios individuos. Es para cada uno el derecho de dar su opinión”[1]. Sin duda, el fondo de su definición sigue hoy vigente, incluso con mayor fuerza y veracidad.

Hoy se observa, en gran parte de los países iberoamericanos, desde finales del siglo pasado, la gestación de ideas que son una amenaza para la estabilidad de la sociedad. Los populismos han nacido y se han desarrollado a partir de una polarización social, de una crisis económica o de una inestabilidad política que afloró en nuestros países de forma distinta o similar, pero con el mismo objetivo: la destrucción de las instituciones democráticas y la vulneración de la libertad de los individuos.

En algunos países de América Latina se pueden observar democracias completamente secuestradas, donde no existe el Estado de derecho y la sociedad civil vive en una especie de caos, entre la defensa de los resabios de libertad que le quedan y la resignación a la que han sido sometidos por el régimen. Esa degradación política se da en los casos de Cuba, Venezuela o Nicaragua.

Bolivia no está lejos de las realidades mencionadas. En Bolivia se está intentando, desde el gobierno central a la cabeza de Evo Morales y desde los aparatos estatales, incluído el sistema judicial, instalar una autocracia. El gobierno de Bolivia, empecinado por imponer su autoridad y por someter su voluntad al pueblo aprobó, a través de la Asamblea Legislativa donde son mayoría, un Código Penal perseguidor que criminalizaba la profesión y prohibía la libertad de culto, entre otras cosas. Código que fue abrogado el pasado 21 de enero por la presión social en las calles de las grandes ciudades de Bolivia, donde se encontraron diversos sectores, desde indígenas y mineros a  jóvenes y profesionales de todos los rubros, unidos bajo el mismo himno de la democracia y la libertad.

Más ilustrativo, sin embargo, resulta el fallo del Tribunal Constitucional, por el que se modificó el artículo 168 de la Constitución Política, que establecía el período de dos mandatos consecutivos para presidente y vicepresidente del Estado, cambiándolo al periodo de mandato indefinido. Fallo que se emitió desconociendo la voluntad de los bolivianos expresada en el referéndum vinculante del 21 de febrero de 2016, por medio del cual el pueblo de Bolivia le dijo al primer mandatario que NO estaba de acuerdo con su intención de prorrogarse en el poder indefinidamente.

Pero el problema esencial al que se enfrentan los bolivianos, no radica en las políticas autoritarias que impone Evo Morales, ni en las medidas violatorias de derechos humanos que constantemente ejercita el gobierno boliviano. El problema se encuentra a largo plazo.

Cuando Evo Morales dijo que llegó para quedarse (en la presidencia) 500 años, expresaba su intención autoritaria de permanecer en el poder a toda costa. El hecho de que los poderes del Estado, incluido el Tribunal Constitucional, estén sometidos completamente al ejecutivo, es una muestra clara de que la transición en Bolivia no emergerá de un proceso de orden legal ni por iniciativa de la oposición, que hoy no tiene un papel importante en la vida política del país. La transición tendrá que nacer de la calle, deberá ser impulsada por la ciudadanía y será la gente la que decida, finalmente, el destino del país.

Las transiciones pueden estar antecedidas de fuertes enfrentamientos sociales con grados de violencia importantes, suelen estar acompañas de crisis de orden económico y político. Ninguna transición fue fácil ni la será. Sin embargo, en contraposición a un Evo Morales derrotado, el pasado 21 de febrero se vió a una ciudadanía fervorosa, a un pueblo unido que reivindicaba la libertad y la democracia en Bolivia. Gente de todas las edades, principalmente jóvenes, salieron a las calles para decirle al presidente que no estaban de acuerdo con su intención de romper la legalidad para prorrogarse en el poder.

Desde que llegó al poder, Evo Morales atraviesa su peor momento en todos los niveles, incluído el económico. Frente a ello, las movilizaciones de los meses pasados demuestran el claro sentimiento de unidad que impera en toda la sociedad boliviana. La gente está cansada de la persecución, del autoritarismo y de la demagogia.

Al presidente ya nadie le cree.

Mateo Rosales Leygue

Bolivia
25 años
Abogado y Consultor Político

[1] B. Constant: “Discurso sobre la Libertad de los Antiguos Comparada con la de los Modernos”. París, 1819.

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